El Laberinto de la Soledad, La Crisis de Identidad y El Mole Poblano.
Llegando a mi casa, luego luego mi mamá me pregunta que qué había comprado. Pues lo necesario ma, un adaptador de corriente porque nomas no encuentro el que tenía y mañana viajo, también fui por unas impresiones, un par de dulces para llevarme y un libro. “¿Qué libro te compraste?” Me compré el del “Laberinto de la Soledad”. “¿Y ahora qué te entró? ¿Tienes miedo de estar solo allá o te sientes solo ahorita?”. “No ma, lo mío es más grave” le quiero contestar y es que hace tiempo me siento como sin identidad. Siento que tardé en darme cuenta, pero mi dificultad para decir no o no saber qué pedir cuando voy a un restaurante, aparte de la ansiedad, que antes no me daba, deben de ser síntomas de algo. Más bien tengo poca capacidad de decisión en todos los aspectos y la mayoría de las veces no me molesta que alguien más decida por mí. Como que es más fácil y así tengo a quien culpar si algo sale mal. Tengo que añadir a la lista lo inestable que llego a ser emocionalmente y por ende en todo lo demás. Sobre todo, mi sensación de perdida de rumbo, con la que antes me sentía más seguro, pero no ahora.
Quizá empezó cuando me enteré que los huesos de Miguel Hidalgo que tienen debajo del ángel son los huesos de un venado o que los niños héroes de Chapultepec no son reales, bueno no tan imaginarios como los reyes porque muchos adultos todavía creen en ellos. Y pensar en lo mucho que me costó aprenderme sus nombres. Quizá porque cuando me preguntan por donde vivo prefiero contestar que por Xonaca en vez del Humboldt y ya si siento que se están pasando de verga con sus comentarios les digo que en la parte bonita. Lo que es seguro es que los síntomas empeoraron cuando me di cuenta que en la alacena de mi casa había una maruchan en inglés y ahí estaba hasta arriba la condenada con sus letras bien grandotas “Hot & Spicy Shrimp Flavor”, ni limón traía, ¿Pues dónde estamos?. Pero yo también, porque solo abrí la alacena para sacar el Skippy y la mermelada McCormick para hacerme un Peanut butter and Strawberry jelly sándwich, muy mexicano de mi parte.
¿Y si este problema no solo es mío y como mexicanos todos tenemos una crisis de identidad? Pareciera que a veces todos preferimos lo de afuera. Sigo la reflexión lavándome los dientes con una Arm & Hammer que me encanta porque deja una sensación como saladita porque trae bicarbonato de sodio y siento que le hace re bien a mis encías, aunque diga en letras grandotas “SENSITIVE” “SOFT WHITENING” y en letras más chiquitas “ayuda al alivio del dolor en dientes sensibles” Qué cringe que ya todo lo pongan en inglés ¿no? Y ya en mi cuarto concluyo la reflexión pensando que ni el español es nuestro idioma original. Por eso me compre ese libro, porque hay temas con los que Louise Hay no me puede ayudar. Al final solo le digo a mi mamá que es un ensayo mexicano muy aclamado, que hasta premio Nobel tiene.
Pero bueno me la he pasado pensando en todo menos en lo que debo, no he hecho mi maleta y de nuevo ya se me hizo tarde. Entonces me apuro, hartos suéteres y mis pantalones más gruesos, mis calzones, calcetines, el skincare y mi corta uñas porque como la sufrí cuando lo olvidé y me fui de camp en 2019 y estaba literal en una isla. Aunque haga frío un traje de baño porque no ocupa espacio y hasta en Alaska hay jacuzzis. Mi chamarrota azul, los chiles poblanos, los limones y las galletas María porque le voy a intentar hacer a mi novio chiles en nogada y pay de limon.
Por obra divina llego a tiempo a Paseo destino y en el aeropuerto peso la maleta. En la grande me paso de peso y con urgencia pongo unas cosas en la más pequeña, cargo dos chamarras a mano y ámonos.
Sin embargo, en el Barajas (mi primera escala) me regresa la crisis de identidad y bien aguda. Una ensalada está a 15€ y una BigMac con papás y refresco a 12€. La cuestión es que si compro la ensalada voy a gastar, pero no me voy a sentir culpable porque comí puro pan y pasta en el vuelo, eso sí no sé si me llene. Si compro la BigMac voy a ahorrar, pero me voy a sentir culpable y chance hasta me tape. Y así estuve como 30 minutos con hambre y sin saber qué hacer, cuando veo que otras opciones hay en el McDo veo que hay una McFish con Ensalada de la Huerta y refresco por 8€. Me alegro y pido una Coca Zero, pienso en por qué no venderán esto en México y si lo venden por qué nunca lo he pedido.
Termino satisfecho, aunque eso sí me siento con el aliento un poco fuerte después de comer pescado y voy al baño. Y ahí están conmigo: Juan Escutia, Vicente Suárez, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez, Agustín Melgar, Juan de la Barrera, Miguel Hidalgo, el esqueleto del venado, la maruchan y el cacahuatito de la crema de maní Skippy. Todos reunidos mirándome, riéndose y señalándome. Burlándose de mi porque me apesta la boca y no me traje ni mi pasta ni mi cepillo de dientes. Muriéndose de risa con el hecho de que unas horas más veo a mi novio y lo primero que hará será besarme. Ahí estábamos todos en Madrid, la capital del país que más dañó la identidad que veníamos formando.
Me lavo la cara y huyo del baño, sino pierdo el vuelo a Viena. Y en el vuelo me sigo sintiendo intranquilo y aunque esté cansado no puedo dormir. Entonces recuerdo lo poquito que sé de biodecodificación y repito las frases de Louise Hay que ya me han ayudado en el pasado:
- Para la angustia: Me amo y me apruebo. Confío en el proceso de la vida. Estoy a salvo.
- Para el cuello: No hay peligro en ver otros puntos de vista.
- Para las encías: Soy una persona decidida, me amo y me apoyo a mi mismo. En mi vida se da siempre la opción correcta. Estoy en paz.
- Para el aliento: Con amor me desprendo del pasado. Decido no expresar más que amor.
- Para el insomnio: Con amor despido el día y me hundo en un sueño tranquilo, con la seguridad de que mañana todo se resolverá por sí mismo.
- Y ya que estamos aquí para las nalgas “wangas” o como les dice la autora “flojas”: Uso con prudencia mi poder. Soy fuerte. Me siento seguro. Todo está bien.

Comentarios
Publicar un comentario