Arena en la mochila.

Al sonar mi alarma a las 04:00 am Brenda dormida se da la vuelta y me da la espalda. Es hora de ir a casa, o al menos más cerca. Desde Jersey son 2 horas y tres trenes, pero prefiero eso a pagar $130 USD en un Lyft. La maleta que voy a documentar es más pesada que el sueño de Beca, quien ni se ha movido y ya ha sonado dos veces la alarma. Me siento raro. Quiero despedirme, pero no quiero despertarlas. Dejo la carry on y la maleta grande en el pasillo, ellas ni se mueven y yo me doy la vueta y cierro la puerta. Después les enviaré un mensaje. Antes de subir al elevador veo el depa 420, me da risa como es que si no huele a mota huele Pachuli, veo por última vez el Feng Shui de la puerta y considero comprarme uno. Lo siguiente es el ring del elevador caminar a la estación, el dolor de espalda sin apenas haber tomado el segundo tren, Hokoben, World Trade Center, Queens, Jamaica, JFK y finalmente Cancún.
Por primera vez me siento VIP en migración y me salto la fila gracias a mi pasaporte mexicano. Esto ni en el Benito Juarez me habia pasado. Olvido la carry on en el avión y me doy cuenta hasta que sale desfilando con las otras maletas en el Baggage Claim Area, supongo soy afortunado. En el aeropuerto hago mi primer coraje cuando me dicen que un taxi me cobra $900 a la zona hotelera. Será este el impuesto blanco?. Oiga y si no quiero gastar eso? Le digo a la de la estación. “Tome el ADO al centro y un taxi desde ahí, me contesta”. Eso es mas razonable. El didi me pregunta si ya me quedo a vivir aca o porque tanto equipaje, le digo que ojala, que son regalos para la familia. Pues de dónde viene?. Del gabacho, le contesto. Jijo, está bueno! Y la cosa no paró ni en el hostal donde todos eran mochileros. Igual todos hacen visiones cuando viajan. Era un cuarto mixto y la americana que dormia arriba de mi secaba sus trajes de baño en el barandal de su litera y en la escalera que daba a mi cara cuando yo dormía. Otra que traía las gafas de sol marcadas, pobre chava. Y otro Israeli, que desayunaba atún en el cuarto. Salí al area comun cuando atardecía, ahí estaba un cocodrilo haciendome compañía. Me pregunté si tenía hambre porque a mi me empezaba a dar. El se fue a otro lado y yo me pedí un bowl de arrachera. Me sente en otra mesa con bonita vista, sin notar que alguien mas la estaba usando. De la nada en inglés una chica me dice que esa es su mesa, pero que si me quiero quedar está bien porque ella está viajando sola, la conversación continua en inglés hasta que le pregunto de donde es. Me dice que de Barcelona y yo le digo en español que de aquí, de México. Y así se nos pasaron dos horas. Platicamos de Cataluña y los conflictos politicos de allá, le conté de las fiestas clandestinas a las que Kevin me llevaba atrás del palacio de Montjuic, de los caganes y de como me habia encantado. El conecte fue tanto que ella me conto de sus problemas, me confio que le preocuba no ser madre. Cuando la conversación se empezó a sentir floja le pregunté qué haría mañana, me dijo que iría a la excursión que organizaba el hostal a Chichen Itza, que debería apuntarme si no tenía planes. Al día siguiente a las 6, estaba yo en un camión con ella, mientras me contaba que en sí ella iba a Guatemala a ver a un amigo, pero decidió hacer Cancún porque ya estaba acá. Ahí conocimos a Toto y le digo así porque ese es su instagram y ni idea como pronunciar o escribir su nombre. El era de Alemania y le entendí que tenía planeado hacer el viaje con sus amigos, pero hubo problemas con las fechas y los vería en El Canal de Panama.
La primera parada fue un cenote, el primero en mi vida, nos dieron hora y media ahí, y nos obligaron a darnos un regaderazo antes de meternos para quitarnos el bloqueador. Aunque había conectado bien con mis nuevos compañeros de viaje , en el cenote nadé por mi cuenta. El rededor era hermoso, con esas paredes rocosas y diversas plantas. Sin embargo cuando veía hacia arriba era evidente, estaba en un hoyo. Nunca me había sentido tan en paz en un hoyo. Hasta que Judith me dijo que era hora y si no el bus nos dejaba. Con cierta tristeza y muchas ganas de regresar deje ese hoyo, que era un paraiso. Camino a Chichen Itza nos dieron unas galletitas y jugos. El guía nos dio una explicación de lo curativa y diferente que era el agua en la que acababamos de nadar. Con el calor que se sentía el cenote era más un paraiso, pero ahora cada que me acercaba a la ventana solo veía una obra interminable, evidentes areas verdes destruidas y miles de trabajadores bajo un sol infernal. El guia tocó el tema del tren maya por el trafico que se hacía y yo le pregunté acerca de las areas verdes. Supongo que me deje llevar por la prensa y expresé mi opinión hacia el proyecto, pero él lo defendió como si fuera suyo y entendí que no podía debatir. Al final él era el local.
Una vez en Chichen Itza, dividió el grupo en dos. Nosotros tres nos fuimos con el otro equipo, la verdad sentí alivio porque ya no me sentía digno de preguntar y al final sabía que tendría dudas. Judit y Toto se sorprendieron cuando aplaudían en un lado y se escuchaba en otro y a mi me emociono mucho estar ahí porque tuve la ventaja de estar en el equinoccio de otoño. Pensándolo bien todo era perfecto. La camisa blanca que llevaba conmigo, la energía que recibiría y como eso me ayudaría a atravesar la nostalgia cuando llegara a casa, pero se nubló y de nuevo me tuve que adaptar a las circunstancias. Ni bien se pusieron las nubes y empezó a llover. Sin sol, ninguna serpiente bajaría. En vez de quedarse a presenciar las piramides la gente corrió, pero no entendí a qué le huían, con el calor que hacía, esa lluvia era un regalo y Judit lo entendió igual y de la nada estabámos ahí debajo de la lluvia saltando como locos mientras los demás desalojaban. Y nos hubieramos quedado ahí, si no hubieramos ido en un tour que nos daba como dos horas a cada lugar que nos llevaba. Y de todas formas tuvimos que perseguir el bus porque ya se iba. Esa noche fue dificil y noté que no era el único con dificultades para dormir. La chica de la litera de arriba se movía demasiado y me pregunté si ella tendría una pena, y si sí, si era más grande o pequeña que la mía. Como sea todos tienen sus maneras y yo ahí estaba sin poderme mover, ni dormir. Solo como jamás me había sentido y perdido en pensamientos de incertidumbre. Un futuro incierto, eso era lo que tenía y sigo teniendo. Quizá para ese entonces ya no era el mismo, una versión de mí que extraño confiado en que todo saldría bien. En orden de recuperarla me he planteado que debo vivir el presente y disfrutar todos sus sabores. Desde una conversación profunda con mi mamá, hasta ir al super con ella, incluso disfrutar el sonido del motor de mi carro que pide servicio a gritos. He aprendido a adaptarme a la musica en vez de quejarme cuando el dj la caga en la discoteca, a encontrar colores bonitos en el atardecer y a tener paciencia en cuanto a encontrar trabajo. Lo que me debe llegar me llegará como lo ha hecho antes. Me alegra saber que aun no he perdido la parte ambiciosa de mí y aún espero lo mejor para mí. Pero ahora me enfoco en planes y proyectos pequeños. Hacer un skincare, usar acondicionador en vez de un shampoo 2 en 1, organizar mi cuarto, ayudar a mi papá con el negocio. O hace un rato que quise cambiar la mochila del gimnasio y cuando tomé la que quería del estante de arriba del closet me bañó en arena, pues desde Cancún no la lavo.

Comentarios

Entradas populares