Reflexiones de los lácteos.
Enciendo la laptop, 03:59 pm, 1° de Agosto. Aunque desperté a las 7:00 am, siento que es apenas medio día y aunque me intento enfocar en eso me doy cuenta qué es primero. La cuarentena ha pasado más rápido de lo que creía, como sea recuerdo a los que decían que para agosto ya todo estaría bien, de alguna manera desde Mayo nos aferramos a agosto y ahora que estamos en Agosto no sé a qué nos aferraremos.
Recuerdo haber recibido 2020 con mucha esperanza, con un montón de proyectos, que a esta altura deberían estar hechos. Intento conectar con lo que siento, pero de alguna manera me siento como pueblo abandonado, con sus costumbres y sin nada nuevo o emocionante, sin otro remedio más que recordar días más emocionantes. No queda más que encontrar emoción en las cosas pequeñas y recibir historias de donde vengan.
Antes de lastimarme el pie hicimos chilaquiles, no había crema y voy al oxxo por una. No sé porqué pero vi el oxxo más vacío y cuando veo el mismo vasito de crema Lala me aburro. De plano no lo soporto y me salgo, con el sol encima me exijo ser creativo, te arreglaste para comprar una miserable crema. Entonces cojo demencia y le pregunto al señor de una torillería si sabe de algún lugar donde vendan crema, porque no encuentro en ningún lado. No me entiende por el cubrebocas y se lo repito, me dice que hay una tienda de productos chipileños en la calle de arriba y llego a la tierra prometida.
Buenos días me dice la señora, con empatía. Se ve toda chipileña y supongo que ella mejor que nadie entiende la humillación que representa un vasito de crema Lala. Le hago la plática. Su negocio lleva ahí cinco años, cinco años cerca de mi casa y yo ni en cuenta, le digo que su local está muy bonito, porque lo está, lo tiene bien ambientado y súper lindo, me agradece. Me pregunta si voy a querer algo más y pues le pido un queso, le pago y me despido. Paso frente al oxxo y me doy cuenta que no detesto la crema Lala, detesto tenerlo todo ahí y no tener que ir más lejos, detesto estar limitado por los productos que se venden ahí y que siempre sea lo mismo. En estos momentos si la vida me da una oportunidad de escapar de la monotonía la tomo.
Empecé a escribir esto a las casi cuatro y ya son las cinco, mi sobrino toca fuerte la puerta, quiere jugar, el sol ya se movió y de verdad pasé casi una hora borrando y escribiendo sobre una crema Lala. Supongo que no soy el único que se siente así. La intención de este post más que la importancia del consumo a negocios locales era transformar esta historia en una reflexión de lo importante que es salir de nuestra zona de confort, de dejar de hacer las cosas que nos molestan o nos aburren, de buscar algo más si no estás a gusto, de saberte suficiente aunque a veces no te creas y de estar agradecido porque aunque no parezca siempre está la opción de elegir.
Sé que ahora no hay quien se escape de una situación vulnerable, el contexto nos tiene a todos acorralados de alguna u otra forma, pero no podemos dejar que se nos escape algo que apreciamos o la oportunidad de cambiar algo para hacer más emocionante nuestra vida. Al final la crema de Chipilo estaba más sabrosa.


Comentarios
Publicar un comentario