Crónica
La jornada inició con la idea de un congreso, pero a medida que avanzó el día cambiaron los planes. Por cuestiones de tiempo y protocolo nos vimos en la necesidad de cambiar la agenda y nos aventuramos al centro histórico de la Ciudad de Puebla para escribir una crónica.
Bajamos por la 5 pte hacia la catedral para detenernos a pensar que íbamos a hacer. Decidimos ir al zócalo de la ciudad, pero en jueves en la mañana no hacía mucho que hacer. Nos encontramos con las típicas palomas, los típicos vendedores ambulantes, pero hicieron falta los vendedores de globos y las grandes masas de gente. Nos dimos cuenta que el zócalo es un principal testigo de la historia de nuestro estado, pero ese jueves parecía tan plano que sabíamos que no saldría nada ni mucho de tan sólo escribir de ahí. Acordamos que un desayuno era justo y necesario. Y así fue como bajamos por la calle del Sol de Puebla hacia psicología para llegar al café milagros.
En el camino nos dimos cuenta que Puebla es una ciudad en proceso de restauración, el pasado sismo del 19 de septiembre afectó muchos edificios y ese día de inactividad fue clave para darnos cuenta que el Centro histórico es el lugar de las bellezas rotas. En el edificio de psicología aún había albañiles restaurando y al llegar al callejón que conecta con los sapos caímos en la debilidad de entrar a cada lugar curioso que ese callejón nos ofreció. Entramos a una boutique donde había cosas que parecían demasiado caros o demasiado baratas, pero nada al precio. Pasamos por afuera del Santo Patrono, café que nos enamoró a todos con su estilo único, pero el lugar era muy chico para mis 13 amigos, entonces nos fuimos al milagros.
Ya en el milagros vimos la carta y el precio de los desayunos pareció razonable fue entonces que una mesera nos llevó a la planta alta para acomodarnos mejor, terminó por bajarnos porque la parte de arriba ya estaba llena. En la parte de abajo hay un salón apartado que nos dio, el lugar parecía sólo para nosotros y todos estuvimos a gusto con la decisión. Como siempre ocupamos 4 mesas e hizo falta más de un mesero para atendernos. Fue la hora de ordenar.
Yo pedí unos huevos al albañil, que son como huevos en salsa verde. Mis amigos pidieron huevos en sus distintas presentaciones (desde revueltos hasta divorciados) e incluso hubo quien pidió enchiladas chilaquiles o hot cakes. El milagros no es de los lugares que suelen decepcionar, sin embargo siempre hay una primera vez. Los respectivos cafés de nuestros paquetes estaban sabrosos, pero frío. Siempre he pensado que el buen café debe ser oscuro como la noche, caliente como el amor y amargo como el pecado. Bueno el café del milagros fue oscuro como la madera vieja, tibio como un comentario pasivo-agresivo y dulce como el piloncillo. Sin embargo estaba sabroso, como diferente. El jugo parecía no orgánico, tampoco era una bonafina rebajada con agua, pero no era natural y el desayuno, al menos el mío, fue riquísimo. A la salsa verde no le faltaba ni le sobraba y justo cuando estaba muy a gusto riendo de las ocurrencias de mis amigos o riendo por lo que a mí se me ocurría se acabaron las tortillas. Tardaron demasiado en traerlas, no puedo hablar de minutos, pero sí de chistes y chismes y pasaron varios chistes y chismes para ver al fin un tortillero lleno en la mesa. Así como vinieron se acabaron y de nuevo tardaron. Todos estuvimos a gusto comiendo, sin embargo Abraham estaba a punto de estallar, aún no le traían sus molletes, pensé en que si tardaban mucho en traer unas tortillas, cuánto no lo harían en traer unos molletes, pensé en pedirles que me calentaran el café, pero sabía que si lo hacía lo único que me calentarían sería la paciencia entonces me abstuve. Al fin llegaron los molletes y la cuenta. Esta última parecía de antro, pero sin el servicio. Todos dimos el efectivo y Carlos pagó su parte con tarjeta. Bueno y si tardaron para las tortillas que de menos para el dinero, nos tuvimos que levantar e ir a la caja para pagar.
Saliendo nos encontramos al resto de nuestros compañeros que también habían desayunado ahí, hacía frío y estaba nublado así que decidimos apresurarnos a los estacionamientos para llegar lo más antes posible a la facultad. Obviamente pasamos por ese callejón de los sapos donde me probé un abrigo de piel que me quedaba excelente, aunque ese día fui fodongo y pasamos por un santa clara, la chonería y la catedral donde de nuevo no había nada emocionante. A pesar de haber comido el olor de los molotes me hizo mucho ruido y pasamos enfrente del congreso donde había muchas camionetas lujosas y mucha gente de aspecto importante.
Al llegar al estacionamiento, pagamos y nos devolvieron los autos. Estábamos satisfechos por otra aventura que habíamos pasado juntos y hartos por el frío. Ya en el auto pusimos música y hablamos de ella y recordamos como Alessia casi nos mata cuando íbamos al congreso. Entre risas, chismes y música nos invitaron a tomarnos fotos cuando estábamos en el aut
Bajamos por la 5 pte hacia la catedral para detenernos a pensar que íbamos a hacer. Decidimos ir al zócalo de la ciudad, pero en jueves en la mañana no hacía mucho que hacer. Nos encontramos con las típicas palomas, los típicos vendedores ambulantes, pero hicieron falta los vendedores de globos y las grandes masas de gente. Nos dimos cuenta que el zócalo es un principal testigo de la historia de nuestro estado, pero ese jueves parecía tan plano que sabíamos que no saldría nada ni mucho de tan sólo escribir de ahí. Acordamos que un desayuno era justo y necesario. Y así fue como bajamos por la calle del Sol de Puebla hacia psicología para llegar al café milagros.
En el camino nos dimos cuenta que Puebla es una ciudad en proceso de restauración, el pasado sismo del 19 de septiembre afectó muchos edificios y ese día de inactividad fue clave para darnos cuenta que el Centro histórico es el lugar de las bellezas rotas. En el edificio de psicología aún había albañiles restaurando y al llegar al callejón que conecta con los sapos caímos en la debilidad de entrar a cada lugar curioso que ese callejón nos ofreció. Entramos a una boutique donde había cosas que parecían demasiado caros o demasiado baratas, pero nada al precio. Pasamos por afuera del Santo Patrono, café que nos enamoró a todos con su estilo único, pero el lugar era muy chico para mis 13 amigos, entonces nos fuimos al milagros.
Ya en el milagros vimos la carta y el precio de los desayunos pareció razonable fue entonces que una mesera nos llevó a la planta alta para acomodarnos mejor, terminó por bajarnos porque la parte de arriba ya estaba llena. En la parte de abajo hay un salón apartado que nos dio, el lugar parecía sólo para nosotros y todos estuvimos a gusto con la decisión. Como siempre ocupamos 4 mesas e hizo falta más de un mesero para atendernos. Fue la hora de ordenar.
Yo pedí unos huevos al albañil, que son como huevos en salsa verde. Mis amigos pidieron huevos en sus distintas presentaciones (desde revueltos hasta divorciados) e incluso hubo quien pidió enchiladas chilaquiles o hot cakes. El milagros no es de los lugares que suelen decepcionar, sin embargo siempre hay una primera vez. Los respectivos cafés de nuestros paquetes estaban sabrosos, pero frío. Siempre he pensado que el buen café debe ser oscuro como la noche, caliente como el amor y amargo como el pecado. Bueno el café del milagros fue oscuro como la madera vieja, tibio como un comentario pasivo-agresivo y dulce como el piloncillo. Sin embargo estaba sabroso, como diferente. El jugo parecía no orgánico, tampoco era una bonafina rebajada con agua, pero no era natural y el desayuno, al menos el mío, fue riquísimo. A la salsa verde no le faltaba ni le sobraba y justo cuando estaba muy a gusto riendo de las ocurrencias de mis amigos o riendo por lo que a mí se me ocurría se acabaron las tortillas. Tardaron demasiado en traerlas, no puedo hablar de minutos, pero sí de chistes y chismes y pasaron varios chistes y chismes para ver al fin un tortillero lleno en la mesa. Así como vinieron se acabaron y de nuevo tardaron. Todos estuvimos a gusto comiendo, sin embargo Abraham estaba a punto de estallar, aún no le traían sus molletes, pensé en que si tardaban mucho en traer unas tortillas, cuánto no lo harían en traer unos molletes, pensé en pedirles que me calentaran el café, pero sabía que si lo hacía lo único que me calentarían sería la paciencia entonces me abstuve. Al fin llegaron los molletes y la cuenta. Esta última parecía de antro, pero sin el servicio. Todos dimos el efectivo y Carlos pagó su parte con tarjeta. Bueno y si tardaron para las tortillas que de menos para el dinero, nos tuvimos que levantar e ir a la caja para pagar.
Saliendo nos encontramos al resto de nuestros compañeros que también habían desayunado ahí, hacía frío y estaba nublado así que decidimos apresurarnos a los estacionamientos para llegar lo más antes posible a la facultad. Obviamente pasamos por ese callejón de los sapos donde me probé un abrigo de piel que me quedaba excelente, aunque ese día fui fodongo y pasamos por un santa clara, la chonería y la catedral donde de nuevo no había nada emocionante. A pesar de haber comido el olor de los molotes me hizo mucho ruido y pasamos enfrente del congreso donde había muchas camionetas lujosas y mucha gente de aspecto importante.
Al llegar al estacionamiento, pagamos y nos devolvieron los autos. Estábamos satisfechos por otra aventura que habíamos pasado juntos y hartos por el frío. Ya en el auto pusimos música y hablamos de ella y recordamos como Alessia casi nos mata cuando íbamos al congreso. Entre risas, chismes y música nos invitaron a tomarnos fotos cuando estábamos en el aut

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